QUIZÁ ESTE MOMENTO...
QUIZÁ ESTE MOMENTO...
La vida es un discurrir de momentos. Suelen sucederse sin que apenas reparemos en lo que nos están ofreciendo. Y, sin embargo, en algunas ocasiones, alguno de ellos, se hace presente y nos hace ser conscientes de nuestra propia existencia...
La vida es un discurrir de momentos. Suelen sucederse sin que apenas reparemos en lo que nos están ofreciendo. Y, sin embargo, en algunas ocasiones, alguno de ellos, se hace presente y nos hace ser conscientes de nuestra propia existencia...
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domingo, 26 de junio de 2016
domingo, 24 de abril de 2016
miércoles, 9 de marzo de 2016
EL ENFADO
"Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo".
ARISTÓTELES
viernes, 1 de mayo de 2015
LUCAS TRAPAZA
Quizá porque ya es primavera y se me revuelve el alma a su antojo.
Quizá porque de repente me acordé de su imagen entre los homenajeados ya muertos en la gala de los Premios Goya de este año, y del sobresalto de mi corazón al verle (sin yo saberlo nos había dejado).
Quizá porque tengo horas solitarias en esta tarde infinita.
Quizá simplemente porque no podía dejarle ir sin hacer mención de todo lo que le admiré...
"Mierda. Lo fina que es la línea roja de la vida. Un tropezón, basta sólo un tropezón y de un plumazo todo pega un giro espantoso. No hay que dejar ni un solo día despistado sin vivir a fondo y oler todas las flores".
Hasta siempre.
Quizá porque de repente me acordé de su imagen entre los homenajeados ya muertos en la gala de los Premios Goya de este año, y del sobresalto de mi corazón al verle (sin yo saberlo nos había dejado).
Quizá porque tengo horas solitarias en esta tarde infinita.
Quizá simplemente porque no podía dejarle ir sin hacer mención de todo lo que le admiré...
Hasta siempre.
sábado, 6 de diciembre de 2014
LA UNIÓN HACE LA FUERZA...AÚN
Nadie como Steinbeck supo reflejar el valor que supone para un hombre, para cualquier persona humana, enfrentarse a las adversidades de la vida. Así lo refleja en "Las uvas de la ira", obra que recibió el premio Pullitzer en 1940, esa gran novela que al hablarnos de la gran crisis americana de 1929 nos está hablando de la gran crisis del mundo actual. Una ira que no es sino coraje... El coraje de todos aquellos que se unen para luchar por la dignidad.
"La lluvia dejó de caer. En los campos quedó el agua, reflejando el cielo gris y la tierra susurró con el agua en movimiento. Y los hombres salieron de los graneros y los cobertizos. Se acuclillaron y contemplaron la tierra anegada. Callaban. Y a veces hablaban muy quedamente.
No hay trabajo hasta la primavera. No hay trabajo.
Y si no hay trabajo...no hay dinero ni comida".
"Las mujeres miraron a los hombres, los miraron para ver si al final se derrumbarían. Las mujeres permanecieron calladas, de pie, mirando. Y en donde un grupo de hombres se juntaba, el miedo dejaba sus rostros y la furia ocupaba su lugar. Y las mujeres suspiraron de alivio porque sabían que todo iba bien, que esta vez tampoco se irían abajo; y que nunca lo harían en tanto que el miedo pudiera transformarse en ira".
"Decía que una vez se fue al desierto a encontrar su propia alma y descubrió que no tenía un alma que fuera suya. Que descubrió que sólo tenía un pedacito de una enorme alma. Decía que el desierto no servía de nada porque su pedacito de alma no servía a menos que estuviera con el resto, a menos que estuviera con el resto y estuviera entera. Es curioso lo que recuerdo. Ni siquiera me daba cuenta de que estuviera escuchando. Pero ahora sé que un hombre no sirve para nada si está solo"

"La lluvia dejó de caer. En los campos quedó el agua, reflejando el cielo gris y la tierra susurró con el agua en movimiento. Y los hombres salieron de los graneros y los cobertizos. Se acuclillaron y contemplaron la tierra anegada. Callaban. Y a veces hablaban muy quedamente.
No hay trabajo hasta la primavera. No hay trabajo.
Y si no hay trabajo...no hay dinero ni comida".
"Las mujeres miraron a los hombres, los miraron para ver si al final se derrumbarían. Las mujeres permanecieron calladas, de pie, mirando. Y en donde un grupo de hombres se juntaba, el miedo dejaba sus rostros y la furia ocupaba su lugar. Y las mujeres suspiraron de alivio porque sabían que todo iba bien, que esta vez tampoco se irían abajo; y que nunca lo harían en tanto que el miedo pudiera transformarse en ira".
"Decía que una vez se fue al desierto a encontrar su propia alma y descubrió que no tenía un alma que fuera suya. Que descubrió que sólo tenía un pedacito de una enorme alma. Decía que el desierto no servía de nada porque su pedacito de alma no servía a menos que estuviera con el resto, a menos que estuviera con el resto y estuviera entera. Es curioso lo que recuerdo. Ni siquiera me daba cuenta de que estuviera escuchando. Pero ahora sé que un hombre no sirve para nada si está solo"
miércoles, 3 de diciembre de 2014
DESAPRENDER

"Desaprender la mayor parte de las cosas que nos han enseñado es más importante que aprender"
EDUARDO PUNSET
domingo, 26 de octubre de 2014
EL DISCURSO DE CADDY ADZUBA
DISCURSO ÍNTEGRO DE CADDY ADZUBA, PREMIO PRÍNCIPE DE ASTURIAS DE LA CONCORDIA 2014
"Con profunda gratitud y gran humildad me presento ante ustedes en este día, para darles las gracias desde lo más profundo de mi corazón. Mediante este prestigioso galardón, han elegido reconocer la labor pacífica de lucha contra la violencia sexual de la que son víctimas las mujeres en tiempos de guerra, en la zona oriental de la República Democrática del Congo, y la lucha contra la pobreza.
Honorables miembros del Jurado, acepten nuestro sincero agradecimiento por esta distinción. Es un gran honor para mi humilde persona. Hubiese querido que este honor fuera recibido por las miles de mujeres congoleñas, víctimas de la guerra y de la violencia sexual y despojadas de todo honor desde que sus cuerpos fueron transformados en campos de batalla. Y quiero compartir este honor con las mujeres activistas de todo el mundo, y en especial con las de la República Democrática del Congo que, día y noche, luchan para defender los derechos humanos, con el exclusivo fin de establecer la justicia.
Majestades, distinguidos invitados, señoras y señores:
Hoy, la mujer congoleña víctima de los conflictos armados, violentada y violada, ha perdido toda su dignidad y vive en la deshonra. Ella, cuyos órganos genitales fueron sometidos a los ultrajes más viles, condenada a la esclavitud sexual y rechazada por su propia comunidad, lleva 18 años sufriendo: 18 años de tortura, 18 años de destrucción, 18 años de huida errante y desplazamiento, 18 años de pobreza extrema.
Los niños nacidos de esta atrocidad que es la esclavitud sexual en tiempos de guerra, son a su vez víctimas de violaciones cuando son niñas, y reclutados a la fuerza en las bandas armadas cuando son niños: un círculo vicioso de sufrimiento y desolación que pone directamente en peligro el futuro de la nación congoleña, a causa de los miles de niños sin educación y traumatizados por los horrores de la guerra.
Majestades, distinguidos invitados, señoras y señores:
No es secreto para nadie. Varios informes de Organizaciones No Gubernamentales internacionales y de expertos de las Naciones Unidas han denunciado la masacre organizada y planificada en el este de la República Democrática del Congo. Los diversos encuentros de paz y acuerdos firmados por el gobierno congoleño y los beligerantes nos llevaron a confiar en un final inminente del conflicto. Pero, lamentablemente, las mujeres siguen siendo violadas, los niños siguen siendo reclutados a la fuerza en los grupos armados, las familias siguen errando por los caminos del exilio, aldeas enteras siguen siendo incendiadas, los bienes de la población siguen siendo saqueados.
No, nuestra guerra no ha terminado. Estamos en guerra. Una guerra que, intencionadamente, se ha relegado en el olvido.
Ante esta situación, nos tenemos que preguntar: ¿Por qué esta guerra? ¿Por qué tanto sufrimiento para las mujeres violadas? La paz y la dignidad humana, ¿son un lujo para las mujeres pobres? ¿Están condenadas a sufrir los horrores de una guerra que no han planificado ellas?
Estas preguntas atañen a todos los que estamos aquí en esta sala. Las causas del conflicto en la República Democrática del Congo son múltiples y los actores, responsables directos e indirectos, se conocen y han sido detallados en los informes que he mencionado. De ellos se desprende que la República Democrática del Congo es víctima de la inmensa riqueza de su subsuelo.
Permítanme pedir cuentas a ciertas empresas multinacionales que, en busca de sus propios intereses, han contribuido a asolar a sangre y fuego este gran y hermoso país de Congo, arrebatándoles así la vida a más de 6 millones de personas y su dignidad y su honor a más de 500.000 mujeres violadas.
Majestades, distinguidos invitados, señoras y señores:
¿Durante cuánto tiempo más vamos a seguir insensibles al dolor de las mujeres violadas en la República Democrática del Congo?
Las mujeres congoleñas heridas en cuerpo y alma, reclaman justicia y reparación; que se persiga tanto a los autores indirectos y ocultos en la sombra, como a los autores directos y materiales. Es justo y necesario que todos aquellos que financian y alimentan este horror por razones económicas respondan de sus actos.
España, uno de los países europeos que ha vivido los horrores de la dictadura en un pasado reciente y que ha logrado construir en tan poco tiempo un país de derechos humanos, en el que los derechos de las mujeres se respetan a escala nacional e internacional, un remanso de paz, un país de justicia... España –decía− sabrá intervenir con todo su peso ante la comunidad internacional en favor de esas mujeres congoleñas que sólo piden poder vivir en paz en su país y satisfacer las necesidades de sus hijos.
Esta justicia requiere instituciones fuertes y competentes. Por ello sugerimos que se cree un Tribunal Penal Internacional (TPI) para la República Democrática del Congo como el que se creó para Ruanda. De manera que los crímenes cometidos contra las mujeres congoleñas en estos últimos 18 años no queden impunes y para reforzar al mismo tiempo el mandato de la Corte Penal Internacional.
Majestades, distinguidos invitados, señoras y señores:
El prestigioso Premio Príncipe de Asturias de la Concordia con el que nos han honrado, es para nosotros una gran oportunidad de difundir aún con más fuerza y proyección nuestros mensajes de sensibilización y nuestras alegaciones. Este premio servirá de altavoz para la defensa de la causa de las mujeres violadas en el mundo en general y en particular en la República Democrática del Congo.
Por ello queremos dar las gracias muy sinceramente: a la Corona de España por haber instaurado este Premio Príncipe de Asturias; a los miembros del jurado por haber confiado en nuestra causa; a las organizaciones que han presentado nuestra candidatura a este galardón; a las Organizaciones de la sociedad civil española que nos han apoyado y acompañado en nuestra sensibilización a nivel internacional.
Sin olvidar claro el muy importante papel que desempeñan las Radios de Paz en la República Democrática del Congo, a los periodistas que han dado su vida en conflictos, como Julio Anguita Parrado, y en especial a Radio Okapi, que son un buen ejemplo de esta labor.
Permítanme concluir mi mensaje con un poema español que dice: «Necesitamos dos manos para escribir , dos para acariciar, dos para aplaudir y todas las manos del mundo para la paz».
Unan, pues, sus manos a nuestras manos para que podamos reconstruir la paz y la concordia en la República Democrática del Congo, y devolver su honor y su dignidad a las mujeres violadas.
Muchas gracias."
domingo, 20 de abril de 2014
LARGA VIDA A GARCÍA MÁRQUEZ
"Quise dejar constancia poética del mundo de mi infancia, que transcurrió en un casa grande, muy triste, con una hermana que comía tierra y una abuela que adivinaba el porvenir, y numerosos parientes de nombres iguales que nunca hicieron mucha distinción entre la felicidad y la demencia".
"Se dejó llevar por la convicción de que los seres humanos no nacen para siempre el día que sus madres los alumbran, sino que la vida los obliga otra vez y muchas veces a parirse a si mismos"
"Otra cosa bien distinta habría sido la vida para ambos, de haber sabido a tiempo que era más difícil sortear las grandes catástrofes matrimoniales que las miserias minúsculas de cada día. Pero si algo habían aprendido juntos era que la sabiduría nos llega cuando no sirve para nada"
"De no ser lo que era en esencia, un cristiano a la antigua, tal vez hubiera estado de acuerdo...en que la vejez era un estado indecente que debía impedirse a tiempo"
"Era todavía demasiado joven para saber que la memoria del corazón eliminina los malos recuerdos y magnifica los buenos, y que gracias a ese artificio logramos sobrellevar el pasado"
"Los idiomas hay que saberlos cuando uno va a vender algo. Pero cuando uno va a comprar, todo el mundo le entiende como sea"
"... y sólo entonces había comprendido que un hombre sabe cuando empieza a envejecer porque empieza a parecerse a su padre"
"...terminaría por saber que el mundo estaba lleno de viudas felices. Las había visto enloquecer de dolor ante el cadáver del esposo, suplicando que las enterraran vivas... pero a medida que se iban reconciliando con la realidad de su nuevo estado se las veía surgir de las cenizas con una vitalidad reverdecida..."
"Que se vayan a la mierda. Si alguna ventaja tenemos las viudas, es que no nos queda nadie que nos mande"
"En la soledad del palacio aprendió a conocerlo, se conocieron y descubrió con alborozo que los hijos no se quieren por ser hijos sino por la amistad de la crianza."
“Aprovecha ahora que eres joven para sufrir todo lo que puedas, que estas cosas no duran toda la vida”
"Es la vida, más que la muerte, la que no tiene limites"
(GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ)
Pese a que su novela "Cien años de soñedad" fue su obra más conocida y aclamada, él siempre se refirió a "El amor en los tiempos del cólera" como su obra preferida por ser la que más habla de la condición del ser humano, de nosotros como personas...:
"Se dejó llevar por la convicción de que los seres humanos no nacen para siempre el día que sus madres los alumbran, sino que la vida los obliga otra vez y muchas veces a parirse a si mismos"
"Otra cosa bien distinta habría sido la vida para ambos, de haber sabido a tiempo que era más difícil sortear las grandes catástrofes matrimoniales que las miserias minúsculas de cada día. Pero si algo habían aprendido juntos era que la sabiduría nos llega cuando no sirve para nada"
"De no ser lo que era en esencia, un cristiano a la antigua, tal vez hubiera estado de acuerdo...en que la vejez era un estado indecente que debía impedirse a tiempo"
"Era todavía demasiado joven para saber que la memoria del corazón eliminina los malos recuerdos y magnifica los buenos, y que gracias a ese artificio logramos sobrellevar el pasado"
"Los idiomas hay que saberlos cuando uno va a vender algo. Pero cuando uno va a comprar, todo el mundo le entiende como sea"
"... y sólo entonces había comprendido que un hombre sabe cuando empieza a envejecer porque empieza a parecerse a su padre"
"...terminaría por saber que el mundo estaba lleno de viudas felices. Las había visto enloquecer de dolor ante el cadáver del esposo, suplicando que las enterraran vivas... pero a medida que se iban reconciliando con la realidad de su nuevo estado se las veía surgir de las cenizas con una vitalidad reverdecida..."
"Que se vayan a la mierda. Si alguna ventaja tenemos las viudas, es que no nos queda nadie que nos mande"
"En la soledad del palacio aprendió a conocerlo, se conocieron y descubrió con alborozo que los hijos no se quieren por ser hijos sino por la amistad de la crianza."
“Aprovecha ahora que eres joven para sufrir todo lo que puedas, que estas cosas no duran toda la vida”
"Es la vida, más que la muerte, la que no tiene limites"
domingo, 13 de abril de 2014
TAN-TÁN
Nunca pensé que le fuera a dar por ahí, que su faceta creativa, tan arquitectónicamente sustentada, se saliese de la ruta que tiene marcada para crear un espacio donde la imaginación, la tradición, la artesanía etnica y el trabajo de sus manos, se aplican en un apartado para nuevos diseños en la estetica de collares.
La base de sus creaciones la componen, como a ella misma le gusta indicar, piezas antiguas restauradas procedentes de la orfebrería afgana. Y para mí ha sido un descubrimiento. La historia reciente de este país asiático, que ha constituido un cruce de caminos a lo largo de la historia para la India, Irán y Asia Central con todo lo que ello supone a nivel de repercusión cultural, nos ha hecho olvidar que por debajo de la guerra y del fundamentalismo religioso subyace, en palabras de Christian Bulleux, "un país donde los cascos de los caballos golpean el suelo de la tierra y donde los hombres y las mujeres que hoy sufren nos envían una oración en silencio para que podamos entender y comprender la complejidad extrema de su cultura".
Estas piezas de metal antiguo nos hablan de la supervivencia de una civilización milenaria que también aporta su cuota de sabiduría para la paz y la fraternidad sobre la tierra. Piezas que hoy siguen saliendo de los yacimientos de barita, cromo, hierro, cobre, plomo, piedras preciosas y semipreciosas, azufre... y de las manos de los artesanos que las elaboran con métodos primitivos. Y son las poblaciones nómadas o seminómadas las que suelen llevar ese patrimonio cultural transformado en joyas muy complejas, ricas en colgantes y cadenillas, de dibujos geométricos, y apliques de piedras rojas, el color preferido por los nómadas por ser el símbolo directamente ligado a la sangre, a la fuerza vital...
Con la creación de Tan-tán, ha querido rescatar también el símbolo más antiguo: el collar. Ese círculo cerrado que siempre ha mantenido estrechas relaciones con la magia y con el poder. Ningún sacerdote o rey o poderoso hubo en la antiguedad que no lo llevara alrededor de su cuello, y aún hoy es uno de los motivos externos utilizado para aludir a la preeminencia social o política o religiosa.
Ella, con la habilidad para combinar las antiguas piezas de los orfebres, todas distintas y únicas, y las cuerdas y cordones de caucho y algodón, y jugando con los tamaños, los largos, los colores, las texturas, consigue acercarnos a una nueva concepción del diseño del adorno femenino... ancestral, mágico, distinguido, innovador.
Se llama Betsaida. La arquitectura es su proyecto de vida. La creatividad su estado natural. Sabe apreciar la belleza en la estética de las formas más sorprendentes...
Y cuando lea esto, sonreirá y me dirá: "te pierde la pasión de madre"...
(Contacto: tantancollares@gmail.com)
La base de sus creaciones la componen, como a ella misma le gusta indicar, piezas antiguas restauradas procedentes de la orfebrería afgana. Y para mí ha sido un descubrimiento. La historia reciente de este país asiático, que ha constituido un cruce de caminos a lo largo de la historia para la India, Irán y Asia Central con todo lo que ello supone a nivel de repercusión cultural, nos ha hecho olvidar que por debajo de la guerra y del fundamentalismo religioso subyace, en palabras de Christian Bulleux, "un país donde los cascos de los caballos golpean el suelo de la tierra y donde los hombres y las mujeres que hoy sufren nos envían una oración en silencio para que podamos entender y comprender la complejidad extrema de su cultura".
Estas piezas de metal antiguo nos hablan de la supervivencia de una civilización milenaria que también aporta su cuota de sabiduría para la paz y la fraternidad sobre la tierra. Piezas que hoy siguen saliendo de los yacimientos de barita, cromo, hierro, cobre, plomo, piedras preciosas y semipreciosas, azufre... y de las manos de los artesanos que las elaboran con métodos primitivos. Y son las poblaciones nómadas o seminómadas las que suelen llevar ese patrimonio cultural transformado en joyas muy complejas, ricas en colgantes y cadenillas, de dibujos geométricos, y apliques de piedras rojas, el color preferido por los nómadas por ser el símbolo directamente ligado a la sangre, a la fuerza vital...
Con la creación de Tan-tán, ha querido rescatar también el símbolo más antiguo: el collar. Ese círculo cerrado que siempre ha mantenido estrechas relaciones con la magia y con el poder. Ningún sacerdote o rey o poderoso hubo en la antiguedad que no lo llevara alrededor de su cuello, y aún hoy es uno de los motivos externos utilizado para aludir a la preeminencia social o política o religiosa.
Ella, con la habilidad para combinar las antiguas piezas de los orfebres, todas distintas y únicas, y las cuerdas y cordones de caucho y algodón, y jugando con los tamaños, los largos, los colores, las texturas, consigue acercarnos a una nueva concepción del diseño del adorno femenino... ancestral, mágico, distinguido, innovador.
Se llama Betsaida. La arquitectura es su proyecto de vida. La creatividad su estado natural. Sabe apreciar la belleza en la estética de las formas más sorprendentes...
Y cuando lea esto, sonreirá y me dirá: "te pierde la pasión de madre"...
(Contacto: tantancollares@gmail.com)
sábado, 7 de diciembre de 2013
MANDELA DAY
Este emblemático hombre fue llamado Nelson Mandela por su maestra en el primer día de clase de la escuela en la ladea Qunu porque en 1920 lo acostumbrado era poner un nombre inglés a los niños africanos para que los colonos pudieran pronunciarlo más fácilmente.
Pero tuvo más nombres:
Su padre lo llamó Rolihlala que en lengua xhosa significa "tirar de la rama de un árbol", lo que los nativos interpretaban como "alborotador" o "rebelde".
Más tarde, con 16 años, cuando pasó a la edad adulta a través de la ceremonia iniciática, le dieron el nombre de Dalibhunga, que significa "coordinador del diálogo".
El nombre de Madiva le fue dado por el clan Thembu al que pertenece, y era también el nombre de un jefe que el clan tuvo en el siglo XIX. Llamarle así ha sido siempre una muestra de cariño y respeto.
Al ser considerado el padre de la democracia en Sudáfrica, muchas personas lo llaman simplemente Tata, que en xhosa significa "padre", y de igual manera también se le llama Khulu, "abuelo"... "grande", "de suma importancia", "magnífico".
- "La pobreza no es natural, es creada por el hombre y puede superarse y erradicarse mediante acciones de los seres humanos. Y erradicar la pobreza no es un acto de caridad, es un acto de justicia".
- "La educación es el gran motor del desarrollo personal. Es a través de la educación como la hija de un campesino puede convertirse en médico, el hijo de un minero en jefe de la mina, o el hijo de trabajadores agrícolas puede llegar a ser presidente de una gran nación".
- "Tanto si cambias las sábanas como si suturas heridas, preparas la comida o dispensas medicamentos, está en tus manos ayudar a construir un servicio público digno de todos aquellos que dan sus vidas por el sueño de la democracia".
- "En este mundo moderno globalizado cada uno de nosotros somos el guardián de nuestro hermano y de nuestra hermana. Hemos fallado demasiado a menudo en esta obligación moral".
- "No hay nada como volver a un lugar que parece no haber cambiado para descubrir en qué cosas has cambiado tú mismo".
- "Me gustan los amigos que tienen pensamientos diferentes, porque suelen hacerte ver los problemas desde todos los ángulos".
- "El arma más potente no es la violencia sino hablar con la gente".
- "Lo que cuenta en la vida no es el mero hecho de haber vivido. Son los cambios que hemos provocado en las vidas de las demás lo que determina el significado de la nuestra".
- "Si esperas las condiciones ideales, nunca se darán".
- "Nunca, nunca, y nunca otra vez, debería ocurrir que esta tierra hermosa experimente la opresión de una persona por otra".
- "No acostumbro a usar las palabras a la ligera. Si 27 años de prisión nos han enseñado algo, ha sido llegar a entender, desde el silencio de la soledad, hasta qué punto las palabras son preciosas y hasta qué punto el lenguaje verdadero tiene su impacto en la forma en que la gente vive y muere".
- "La libertad es inútil si la gente no puede llenar de comida sus estómagos, si no puede tener refugio, si el analfabetismo y las enfermedades siguen persiguiéndoles".
- "Yo no nací con hambre de ser libre, yo nací libre, libre en cualquier sentido que yo pueda entender".
lunes, 18 de noviembre de 2013
DORIS LESSING
"Sin embargo, no es sólo el terror general lo que hiela a las gentes, sino el
miedo de ser conscientes. O, mejor dicho: más que eso. La gente sabe que vive en una sociedad muerta o moribunda. Los individuos rechazan las emociones porque saben que al cabo de cada emoción están la propiedad, el dinero o la fuerza. Trabajan, desprecian su trabajo, y por esto se congelan. Aman, pero saben que se trata de un amor a medias o de un amor retorcido, y por esto sienten frío en el corazón.
Para conservar vivos el amor, los sentimientos y la ternura, tal vez sea
necesario sentir todas estas emociones ambiguamente, incluso por lo que tienen de falso, o porque todavía son una idea, una sombra tan sólo de lo que quiere la imaginación... Si lo que experimentamos es sufrimiento, tenemos que sentirlo, por tanto, reconociendo que la alternativa es la muerte. Es preferible cualquier cosa antes que el rechazo astuto y calculado que no quiere comprometerse, el rechazo a la entrega por miedo a las consecuencias..."
EL CUADERNO DORADO
domingo, 17 de noviembre de 2013
LO QUE QUIERO AHORA (Ángeles Caso)
Este artículo de Ángeles Caso fue publicado en el Magazine de La Vanguardia el 19 de Enero de 2012, y ha valido a la periodista gijonesa lograr, por unanimidad del jurado, el premio "Julio Camba" que se destina a textos periodísticos en castellano. Creo que merece la pena traerlo aquí y releerlo...
"Será porque tres de mis más queridos amigos se han enfrentado inesperadamente estas Navidades a enfermedades gravísimas. O porque, por suerte para mí, mi compañero es un hombre que no posee nada material pero tiene el corazón y la cabeza más sanos que he conocido y cada día aprendo de él algo valioso. O tal vez porque, a estas alturas de mi existencia, he vivido ya las suficientes horas buenas y horas malas como para empezar a colocar las cosas en su sitio. Será, quizá, porque algún bendito ángel de la sabiduría ha pasado por aquí cerca y ha dejado llegar una bocanada de su aliento hasta mí. El caso es que tengo la sensación –al menos la sensación– de que empiezo a entender un poco de qué va esto llamado vida.Casi nada de lo que creemos que es importante me lo parece. Ni el éxito, ni el poder, ni el dinero, más allá de lo imprescindible para vivir con dignidad. Paso de las coronas de laureles y de los halagos sucios. Igual que paso del fango de la envidia, de la maledicencia y el juicio ajeno. Aparto a los quejumbrosos y malhumorados, a los egoístas y ambiciosos que aspiran a reposar en tumbas llenas de honores y cuentas bancarias, sobre las que nadie derramará una sola lágrima en la que quepa una partícula minúscula de pena verdadera. Detesto los coches de lujo que ensucian el mundo, los abrigos de pieles arrancadas de un cuerpo tibio y palpitante, las joyas fabricadas sobre las penalidades de hombres esclavos que padecen en las minas de esmeraldas y de oro a cambio de un pedazo de pan.Rechazo el cinismo de una sociedad que sólo piensa en su propio bienestar y se desentiende del malestar de los otros, a base del cual construye su derroche. Y a los malditos indiferentes que nunca se meten en líos. Señalo con el dedo a los hipócritas que depositan una moneda en las huchas de las misiones pero no comparten la mesa con un inmigrante. A los que te aplauden cuando eres reina y te abandonan cuando te salen pústulas. A los que creen que sólo es importante tener y exhibir en lugar de sentir, pensar y ser.Y ahora, ahora, en este momento de mi vida, no quiero casi nada. Tan sólo la ternura de mi amor y la gloriosa compañía de mis amigos. Unas cuantas carcajadas y unas palabras de cariño antes de irme a la cama. El recuerdo dulce de mis muertos. Un par de árboles al otro lado de los cristales y un pedazo de cielo al que se asomen la luz y la noche. El mejor verso del mundo y la más hermosa de las músicas. Por lo demás, podría comer patatas cocidas y dormir en el suelo mientras mi conciencia esté tranquila.También quiero, eso sí, mantener la libertad y el espíritu crítico por los que pago con gusto todo el precio que haya que pagar. Quiero toda la serenidad para sobrellevar el dolor y toda la alegría para disfrutar de lo bueno. Un instante de belleza a diario. Echar desesperadamente de menos a los que tengan que irse porque tuve la suerte de haberlos tenido a mi lado. No estar jamás de vuelta de nada. Seguir llorando cada vez que algo lo merezca, pero no quejarme de ninguna tontería. No convertirme nunca, nunca, en una mujer amargada, pase lo que pase. Y que el día en que me toque esfumarme, un puñadito de personas piensen que valió la pena que yo anduviera un rato por aquí. Sólo quiero eso. Casi nada. O todo."
lunes, 4 de noviembre de 2013
ALICE MUNRO
PREMIO NOBEL DE LITERATURA 2013
"Me educaron para creer que lo peor que podía hacer era llamar la atención sobre mí, o pensar que era inteligente o brillante..."
"La vida de la gente es suficientemente interesante si tú consigues captarla tal cual es, monótona, sencilla, increíble, insondable."
martes, 23 de julio de 2013
NOTICIAS DEL FIN DEL MUNDO
"Llevo tiempo pensando en un estudio sobre el impacto de la revolución microelectrónica que la Comunidad Económica Europea, precursora de nuestra desunida Unión, encargó en 1980 a un grupo de sabios pertenecientes a diversas disciplinas académicas. Por desgracia no conservo el trabajo y no he conseguido encontrarlo en Internet; pero lo recuerdo porque reproduje parte de él en mi segunda novela, publicada en 1981. Verán, resulta que “los computadores miniaturizados” (así digo en mi libro, sin duda recogiendo el término del informe) habían sido aplicados de manera experimental en el campo de la relojería alemana de 1975 a 1980, con el horripilante resultado de que, en esos cinco años, la nueva tecnología acabó con el 70% de los puestos de trabajo. Por eso encargaron al comité de sabios que estudiaran las consecuencias mundiales de una reducción de empleo tan brutal.
Los expertos dedujeron que la revolución microelectrónica iba a tener mayor envergadura que la industrial y que, salvo en algunas actividades de alta especialización, la mayor parte de la población tendría que despedirse para siempre de los empleos a tiempo completo. Ellos aconsejaban repartir entre todos el poco empleo que quedara, de modo que lo normal sería estar contratado tan sólo unos meses al año y además aceptando cierta itinerancia, porque para lograr emplearte durante esos periodos tal vez tuvieras que desplazarte de una parte a otra de la Comunidad Europea, persiguiendo la demanda laboral. La vida iba a cambiar tanto, en fin, que, para evitar una catástrofe mundial, los sabios urgían a los gobernantes a mudar no sólo las condiciones laborales, sino, sobre todo, los valores sociales. Y así, había que educar a los ciudadanos en la idea de que lo óptimo en la vida no era la cultura del trabajo, sino la del ocio. Para lo cual, naturalmente, había que facilitar el acceso a un ocio de calidad, y además proporcionar a la gente las herramientas educativas para poder degustarlo. O se empezaba a trabajar inmediatamente en esa línea de actuación, o el futuro podía ser muy oscuro, auguraban.
Pues bien, el caso es que llevo meses pensando en que ya hemos alcanzado ese futuro: lo que predijeron esos expertos hace más de tres décadas es lo que estamos viviendo ahora. Me temo que esta crisis no es sólo el resultado de la magia negra financiera de unos cuantos banqueros sin escrúpulos: también es consecuencia de la revolución tecnológica. Las malas noticias son que se han perdido millones de puestos de trabajo que no volveremos a recuperar jamás, y que esa sociedad opulenta de consumo que a menudo confundimos con el llamado Estado de Bienestar duró medio siglo y se fue para siempre. Sí, probablemente no volverá jamás el pleno empleo para todos; sí, posiblemente tendremos trabajos eventuales y discontinuos. Sí, seguramente el poder adquisitivo caerá de manera radical.
Pero también puede haber buenas noticias. Esta sociedad enloquecida de acaparadores y despilfarradores no sólo no nos ha hecho más felices, sino que además es totalmente insostenible para el planeta. Pensemos un momento: quizá logremos aprovechar la situación para construir una realidad mejor. Pongamos que, en efecto, en un futuro próximo, pasado ya lo más álgido de la crisis, se trabaje seis meses al año como mucho, y que el resto del tiempo se viva del paro, sin duda más modestamente que antes. Pero pongamos también que los Gobiernos se vean obligados a invertir en la educación, en el ocio, en el desarrollo integral de los ciudadanos. Tal vez todos podamos cumplir, con ayuda del Estado, sueños que, en la sociedad actual, solo unos pocos consiguen alcanzar: tocar un instrumento, pintar, bailar, cultivar una jardinería de primor, ser un buen gimnasta, hacerte experto en la Roma clásica o en la cría de gusanos de seda, cantar boleros, aprender prestidigitación o chino, escribir novelones históricos, saber cocinar como un gran chef.
Claro que no tendremos tantos coches (habrá que exigir buenos transportes públicos); que, por lo general, la gente no será propietaria de sus pisos (habrá que reclamar alquileres decentes); o que las vacaciones no consistirán en ir este verano a Cancún y el que viene a Estambul, y con esto quiero decir que probablemente habrá que ahorrar durante bastante más tiempo para darse esos lujos. Imagino, en fin, una vida más sencilla y menos consumista. Pero, ¿eso es malo acaso, si a cambio conseguimos obtener lo esencial? Eso es lo que tienen que pedir los sindicatos, eso es lo que tenemos que exigir los ciudadanos: por supuesto, en primer lugar, educación y salud para todos. De calidad e igualitarias. Pero, después, y además, unas vidas más libres, más ricas, más aventureras, más divertidas, más creativas, más completas."
ROSA MONTERO (Artículos El País)
lunes, 29 de octubre de 2012
MARTHA NUSSBAUM: De profesión, filósofa.
Según su Decálogo, lo que mediría el verdadero desarrollo sería que la gente disfrutara del derecho a la vida, "a una vida de duración normal, sin muerte prematura, a la salud física, a la integridad física, a estar protegidos de los ataques violentos, incluidas las agresiones sexuales y la violencia doméstica", o del derecho a poder usar "los sentidos, la imaginación, el pensamiento y el razonamiento de una forma verdaderamente humana".
Es la gran defensora de las Humanidades contra esa corriente generalizada que no quiere sino ver la inutilidad del conocimiento de los grandes pensadores y que considera la filosofía como algo totalmente prescindible: "Vivimos en un clima político histérico. Necesitamos de la filosofía con la misma urgencia que la Atenas de Sócrates".
lunes, 24 de septiembre de 2012
LAS FOTOS DE NATALIA
Hay algo en su forma de captar las imágenes.
No sé precisar qué es porque no entiendo mucho de fotografía, pero sí puedo decir que, al mirarlas, no puedo evitar conmoverme... Es decir, moverme, acercarme a ellas, sentir en ellas, verme a mí misma en ellas.
Natalia no habla demasiado de un talento que, presumo, está autodescubriendo, pero se nota en su manera de percibir el entorno, en la intuición al congelar el instante que hace eterno, que hay una sensibilidad especial, una pasión subyacente.
Estas dos fotografías las hizo en un viaje que realizó por el Sudeste Asiático.
La primera me llamó la atención porque parece una pintura paisajista, una marina compitiendo con la luz de Sorolla.
La segunda, con sus pequeñas vasijas de porcelana apiladas de cualquier manera sin romper por ello un estricto orden de colocación, me hace participe de esa sobremesa sin haber estado invitada.

Faenando en Phuket. Tailandia, noviembre 2010.
Sobremesa callejera lista para fregar. Ha Tien, Vietnam, diciembre 2010.
Desconocía esta faceta suya como fotógrafa. Fue un encargo en el trabajo lo que me permitió conocerla en éste ámbito: una pequeña colección de fotos en torno a la temática de los Derechos Humanos que ella plasmó en blanco y negro con las caras de los protagonistas de esos derechos robados.
Hoy me ha sorprendido con un book de fotos realizado a una compañera. Son preciosas. Apenas hay elementos para distraer la atención. No hay artificios. No hay grandes poses. No hay magnificencia del color. No hay encuadres imposibles. Pero a cambio nos encontramos con la belleza de la naturalidad, con impecables primeros planos, con el buen gusto...
Quizá en otra ocasión pueda enseñaros alguna de ellas.
sábado, 23 de julio de 2011
PERSONAS (1993-2008)
ANTONIO
Cuando llegó para ser acogido en el Centro, pensé que era uno de los hombres de raza gitana más guapos que yo había visto jamás. Era más bien alto, de tez morena, y unos ojos negros y grandes por los que se le iba la vida. Apenas hablaba, y su semblante serio hacía que repararás en él.
El Centro no llevaba mucho tiempo abierto, de hecho Antonio era uno de nuestros primeros expedientes. Era de Oviedo de “toda la vida”; su familia vivía en el barrio de Ventanielles, y eran un montón de hermanos, casi todos ellos con problemas de consumo de drogas.
Fue el primer caso de SIDA terminal con que trabajamos. Estaba extremadamente delgado, y según avanzaban los días el deterioro físico se hacía cada vez más latente. Corría el año 1993, y el SIDA era por aquel entonces sinónimo de muerte. Los tratamientos eran muy agresivos, y se realizaban casi de forma experimental con los pacientes. Aún así, la tasa de mortandad era muy elevada, y se daba por hecho que la muerte acechaba en intervalos cortos de tiempo.
Antonio se hizo querer. No es que fuese simpático, que no lo era (no estaba en una situación que le permitiese serlo), ni tampoco era abierto, ni espontáneo, ni un don Juan pese a lo hermoso de sus rasgos. Se hizo querer por su desvalimiento, por su dejarse hacer, por su quietud, y por saber esperar sin lamentarse y sin desesperación. En algún momento creí que había mucho de derrota, de falta de lucha, en su actitud; luego me di cuenta que sencillamente le faltaban las fuerzas.
Al principio hacía una vida más o menos normal. Realizaba las tareas, salía a la calle, comía y veía la tele con todos los demás en la sala… Pero enseguida se nos empezó a poner peor. Día a día bajaba de peso. Recuerdo que una vez tuve que acompañarle al centro de salud para que le pusieran una inyección para la crisis infecciosa que tenía, y me quedé espantada cuando vi su desnudez: era como tener delante a alguien que se estaba muriendo de hambre, era un esqueleto cubierto de piel. La enfermera y yo nos miramos en silencio. No hubo palabras. Me pregunté dónde diablos iba a ponerle la inyección porque no había músculo que coger. Antonio temblaba. Creo que fue consciente de nuestro pensamiento. Intenté hacer un comentario trivial y cómico sobre lo que le iba a doler la inyección. Él callaba. La enfermera pinchó como pudo la descarnada nalga, y Antonio respiró tranquilo.
A los pocos días se puso peor. Ya era incapaz de levantarse de la cama, y las inyecciones y la atención médica tenían que realizarse a domicilio. Le ampliamos la estancia de forma indefinida hasta poder encontrarle un Centro sanitario dónde le pudiesen ofrecer los cuidados que necesitaba.
Había que darle el puré con jeringuilla, había que lavarle, le tuvimos que poner dodotis… Y cada vez que entrábamos en la habitación, íbamos con el miedo de encontrarle sin vida. Su respiración se hacía tan tenue en algunos momentos, que teníamos que acercar el oído, o fijarnos muy bien en los movimientos del tórax, para saber que respiraba.
Fue desesperante la lucha que mantuvimos con los servicios sanitarios para poder derivarlo a un sitio adecuado. Estaba empezando a quedarse deshidratado y necesitaba suero por gotero. Al tratarse de una enfermedad crónica, los hospitales no le hacían el ingreso; tan solo en los momentos de crisis podía pasar unos días en un centro hospitalario, porque en cuanto le bajaba la fiebre, nos lo mandaban de nuevo para el Centro.
Nos dedicamos entonces a buscar algún sitio alternativo, pero todo resultaba infructuoso. Al final nos hablaron de un Centro al que llamaban el “alto de la madera” por la localización geográfica que tenía. Una de nuestras compañeras fue a visitarlo y a plantear el caso. La dijeron que sí, que podíamos llevarlo, pero ella vino desolada contando que era un lugar tristísimo y descuidado, y al que poco menos que la gente iba a morir.
Se nos calló el alma a los pies. Y empezó otra clase de lucha… más sutil y más dolorosa… el tener que tomar la decisión.
Antonio se nos moría. Creo que en la mayoría de las ocasiones estaba en un estado semiinconsciente del que salía sólo para abrir aquellos ojos, enormes y negros, por los que se le iba la vida. Aprendí a poner una sonrisa a esos ojos que me miraban para no alertar de lo trágico. Él me miraba en silencio. Le expliqué que teníamos que llevarle a otro lugar para que le cuidasen mejor, que necesitaba cosas que nosotras no podíamos ya darle, que no era un sitio agradable, pero que al menos podrían enchufarle un gotero y tendría una mayor atención médica… Intentaba animarle… y animarme.
El resto de los usuarios asistía a todo el proceso con una cierta inquietud. Emocionalmente estaban divididos: todos querían a Antonio y sentían una inmensa lástima al verlo así, paro al mismo tiempo les incomodaba la presencia de la enfermedad y la cercanía de la muerte.
Llegó el día en que vinieron a llevárselo. Antonio abrió de nuevo los ojos. Sacó fuerzas para cogerme la mano, y me acerqué a él. Movió los labios, pero no entendí lo que decía. Me acerqué más. “Gracias”, entendí. Y entonces la que me quedé callada fui yo.
Antonio murió a las pocas semanas. Fuimos a visitarlo con frecuencia. Nos avisaron por teléfono de su fallecimiento. No pude llorar. Simplemente me quedé en silencio.
ENCARNACIÓN
Era pequeña, pizpireta, alegre, simpática, guapa como ella sola, y tenía mucha vida de calle detrás de sí. Conectamos enseguida. A ella le gustaba reírse y a mí me gustaba usar con ella ese humor irónico que la sacaba de quicio. Había llegado de Andalucía hacía poco tiempo, y se le pasaban los días buscándose la vida como buenamente, o malamente, podía. Se drogaba, se prostituía, se peleaba, se enternecía… Era un polvorín de actividad.
Tuvo varias acogidas periódicas. En las últimas venía con una pareja que “se había echado”. Se llamaba Manuel y era hijo de una de las mejores familias de letrados de Oviedo. Un chico alto, rubio, de los que llevan la “pijería” en los genes, tan pillado a las drogas como ella, pero con el respaldo y la preocupación de una familia por detrás. Ella no tenía a nadie.
Se llevaban bien. Él era tan salado que nos decíamos muchas veces que qué pena y qué desperdicio de chico; y nos preguntábamos cómo había podido acabar saliendo con una chica como Encarni. Aunque la respuesta nos la daba su sola presencia: su remango, su buen humor, su alegría…
Encarni también tenía VIH, pero el SIDA aún no había entrado en escena.
Recuerdo que se le empezó a poner mal un ojo. Me decía que no veía bien, que era como si tuviese cataratas. La derivamos al médico de Medicina interna del hospital para que se lo mirase. Resultó ser una cándidas que trataron con infinidad de colirios y antibióticos, sin resultado alguno porque ya lo tenía muy avanzado. El diagnóstico, después de un tiempo de sucesivos tratamientos, fue demoledor: había que sacarle el ojo porque había riesgo de que la infección por cándidas se pasase al otro ojo.
Se le calló el alma a los pies. Me pasaba ratos inmensos con ella en el despacho, convenciéndola de que tenía que hacerlo si no quería quedarse ciega. Y mientras, la cepillaba el pelo, o la ayudaba a maquillarse, o elegíamos juntas la ropa de guerra que iba a vestir aquel día….
Solo tomó la decisión cuando el ojo sano empezó a verse afectado. La operaron, y cuando le dieron el alta nos llamaron desde el hospital preguntando si nos la podían derivar para los cuidados del post operatorio. Les dijimos que si. Llegó con el ojo tapado, y con el mismo humor de siempre.
La alegría le salía a Encarni por los poros, incluso a su pesar.
El mal trago llegó cuando entre los cuidados que debía tener estaba el de echarle colirio en la cuenca vacía tres veces al día. Algunas de mis compañeras no pudieron con el encargo. Lo hacíamos entre las que menos impresionables éramos. Pero la verdad es que impresionaba.
A ella le gustaba que lo hiciese yo. Me preguntaba qué se veía en el ojo, y yo intentaba tranquilizarla diciéndole que no gran cosa, un pedacito de carne sonrosado al separar los párpados. A veces se quedaba seria y lloraba.
Intentaba animarla tratando de recuperar su coquetería, haciéndola ver que siempre podía recurrir a un ojo de cristal cuando estuviese bien saneada la cuenca vacía, y que en el peor de los casos siempre sería la pirata más guapa de todos los mares llegada a tierra firme… Nos reíamos. Y ella me besaba.
Empezó a mejorar. El daño del ojo sano permaneció estable y ella iba a todas partes con su parche de pirata.
Su relación con Manuel continuó. Yo la decía que se acordase siempre de que si no valiese tanto como valía no habría podido retener a su lado a un mocetón tan guapo como Manuel, a no ser, claro, que esa brujilla que llevaba dentro hubiese dado con una pócima para mantenerle embelesado, que nunca se sabe… Nos volvíamos a reír, y ella me contestaba que para hablar de brujas estaba yo, que era la que tenía la escoba más grande…
Luego les perdimos la pista durante una buena temporada. Cuando volvieron a dar señales de vida, ella estaba bastante peor, mucho más enganchada a las drogas y con la salud por los suelos. Él acabó en la cárcel de Villabona, y ella con unos y otros para buscarse la vida. Creo que no debía aparecer por el Centro por vergüenza, esa estúpida vergüenza que les asalta cuando temen decepcionar a alguien. Yo le mandaba recado de que viniese por otros usuarios. Pero no volvió. Supimos al poco tiempo que se había muerto por SIDA en el hospital, y que al no tener noticia de su familia, nos llamaban a nosotras como referencia dada por ella. Cuando nos dieron la noticia me di cuenta de todo lo que me había querido, y de todo lo que la quería.
PABLO
Fue un episodio de violencia que, pese a estar ya acostumbrada a que se produjesen altercados, me hizo pasar miedo. Yo estaba trabajando en turno de tarde, y acababa de marcharse mi compañera tras ponerme al día de lo ocurrido en la mañana. Serían alrededor de las 16 horas. El Centro se encontraba inusualmente vacío porque todos los usuarios habían salido, y los cuatro que quedaban se encontraban durmiendo la siesta. En el despacho, charlando tranquilamente nos encontrábamos una voluntaria, una trabajadora social ya jubilada que llevaba años prestando servicios de voluntariado con nosotras, y yo. Las dos estábamos relajadas y nos reíamos de algún comentario hecho en la conversación que manteníamos.
Pablo era un usuario conocido de hacía mucho tiempo. Nunca había dado problemas a nivel de comportamiento. Todo lo contrario. Siempre nos había manifestado su aprecio, y su actitud siempre había sido buena y colaboradora. Había sido consumidor de heroína, pero ahora su consumo se había modificado y se metía fundamentalmente coca.
No había venido a comer, y, según las normas, no podía merendar al haber faltado a la hora de la comida. Con esta medida se pretendía que regulasen un poco su horario de comida, y se acostumbrasen a comer algo caliente y no a tirar de bocata. En una palabra, evitar aquello de “no voy a comer, pero luego me paso y cojo un bocata”. Es algo aceptado y comprendido, y la verdad es que siempre resulta efectivo porque se consigue que vengan a comer, y que de pasar de algo, sea de la merienda y no del plato de cuchara caliente y de la relación “en la mesa”.
Llegó de repente. Entró en el despacho queriendo que le diésemos la merienda. Le dije que no había venido a comer y que no se la iba a dar, que tendría que esperar a la noche para cenar. Y, también de repente, se puso como una fiera. Sin control. De una forma desmedida, sin entrar en razones. Yo estaba sentada en la silla detrás de la mesa, y la voluntaria estaba en un lateral de la mesa de pie. Todo fue muy rápido. De pronto me vi con su puño a escasos centímetros de mi cara, con la mesa del despacho volcada sobre mí y yo arrinconada, sentada entre la mesa y la pared. La voluntaria no reacciono del susto que tenía. Pablo daba voces, golpes a diestro y siniestro, me empujaba contra la pared, me amenazaba, escupía de la rabia que le salía por la boca… Creí que me acabaría pegando. Me quedé muda, no podía articular una palabra. Solo quería que se calmase y que se marchase de allí.
Pero no lo hizo hasta que se cansó. Solo relajó un poco cuando comenzó a ver que aparecían usuarios por la puerta del despacho atraídos por los golpes y las voces a ver qué pasaba. Estaba tan fuera de sí que ni siquiera el resto de los chicos del Centro se atrevió a reaccionar.
Sin dejar de dar voces y puñetazos, salió del despacho y subió a la habitación a dormir. Aquello que había pasado le costaba la expulsión, pero yo estaba tan asustada que no me atrevía a subir y decirle que se tenía que marchar. Pablo, que ya sabía que le íbamos a echar, me había dicho que como le echase me daba una paliza que me iba a dejar irreconocible, que lo intentase siquiera… Llamé a una compañera y le conté lo que me había pasado, y fue ella quien se encargó de llamar a la policía y luego se acercó hasta el Centro a echarme una mano. Cuando la policía apareció. Pablo se marchó sin más problemas. No volvió a dar señales de vida. Nunca más apareció por el Centro, y apenas si se le ha visto por Oviedo.
La explicación que le doy a aquel episodio fue la de un consumo excesivo de coca. Pero tanto nos asustó el comportamiento, que nos llevó a solicitar de la directiva un apoyo de otra educadora en los turnos. Lo cierto es que ese estallido de violencia no solo se dio en Pablo, sino en más usuarios, y pienso que coincidió con la introducción de la coca y su consumo. Era más fácil conseguir cocaína que heroína, y la coca que venía era de buena calidad. Los chicos al no estar acostumbrados a las dosis se pasaban y presentaban episodios de conductas alteradas… y peligrosas.
Lo ocurrido me hizo caer en la cuenta del lado “peligroso” de nuestro trabajo, de que nunca estamos preparados para la adecuada reacción ante episodios de violencia, de que el miedo está ahí y que nos juega malas pasadas. Me enseñó a descubrir mis propias limitaciones y mi propia indefensión. Y me hizo ver lo importante que somos todos dentro del equipo, lo tranquilizador que es saber que cuando tú no puedes hacer, están los otros para hacer por ti.
MANUEL
Es usuario del Centro desde hace un montón de años. Tiene alrededor de los 50 años, es serio, más bien callado, alto y delgado, y de una bondad ya casi inexistente. Aunque los años no perdonan, y tampoco el consumo y la calle, no siempre estuvo tan deteriorado como ahora, y aún así puede pasar muchas veces por una persona “normalizada”.
Manuel pertenece al grupo de personas que te dan tranquilidad y seguridad si las tienes cerca. Si pasa algo en el Centro, y él está acogido en la casa, sabes que siempre saldrá en defensa tuya. Todos los educadores, sin excepción le apreciamos. Siempre dispuesto a colaborar. A veces, con el afán de agradar, tiene tal hiperactividad que acaba poniéndonos nerviosos.
Fui sabiendo algo de su vida muy poco a poco. Es parco en palabras cuando de lo que hay que hablar es de sí mismo. Supongo que estuvo observando hasta que se convenció de que podía tener confianza.
Es hijo de la revolución del 68, y su vida tiene mucho de los vestigios bohemios de todo lo que significó aquella época. Se marchó muy pronto de su casa. No finalizó ningún estudio. Y se dedicó a deambular de un sitio para otro por todo el territorio nacional, trabajando aquí y allá, compartiendo vida y vivencias con distintas gentes y personajes.
Le encanta leer, y tiene una cultura alimentada por una curiosidad insaciable en lo que a la naturaleza humana se refiere, y a las manifestaciones creativas, en todas sus vertientes, del ser humano. Llegó a conocer a Serrat, a pintores y escritores de renombre, a músicos (estuvo viviendo un tiempo con el hermano de Micke Jagger), le encanta el cine y la filosofía.
Su adicción a las drogas es producto de un ambiente muy concreto y de una época muy determinada, cuando el fumar porros, el beber o el iniciarse en el LSD o la heroína, respondía a una forma diferente de ver el mundo.
Recuerdo que una vez me senté con él a charlar despacio de esos tiempos pasados que siempre se nos antojan mejores, y en el transcurso de la conversación le pregunté qué le pasaba en lo referente al trabajo. Tenía mis motivos para hacer esa pregunta. Es un hombre muy trabajador y válido para cualquier oficio, y al que acompaña siempre un carácter tranquilo y educado, pero que nunca aguanta en un puesto laboral demasiado tiempo.
Me miró serio y no dijo nada. Yo tampoco. Me limité a esperar. Volvió a mirarme, y tampoco habló. Volví a repetirle la pregunta “¿por qué Manuel?”.
“Porque no soporto la injusticia y el mal hacer de las personas”, me dijo. Volví a preguntar: “¿qué quieres decir con eso?”. Y entonces me contó que nunca había durado en los sitios porque en cuanto ve algo que no le gusta lo dice, y eso siempre incomoda. Si ve que a algún compañero se le trata mal, o es objeto de burla, o se le hace de menos, u ocurre algo que no está en su sitio, Manuel sale en su defensa y dice lo que piensa a quien sea necesario. Y, claro, eso no gusta a nadie, sobre todo cuando la persona a la que llamas la atención es alguien de responsabilidad en la empresa. Y, o lo acaban echando, o se acaba marchando él.
Tiene una tendencia innata a la melancolía, y a veces le sorprendo con los ojos húmedos al escuchar una canción, o al contemplar como va llegando la noche, o al escuchar a otra persona contar el sufrimiento o los miedos que le embargan. Esa exquisita sensibilidad le hace sufrir más de lo que debe. Se ha acostumbrado a la soledad, pero sé que cada vez le va pesando más.
Muchas veces me pregunto qué será de su vida. No es un candidato fácil para el ingreso en una Comunidad terapéutica porque le pasa lo mismo que con los trabajos, que no se calla si algo no le gusta, y en un mundo de normas eso hace de él un inadaptado. Incluso, cuando algo ve en el Centro que no le gusta, enseguida viene a decírmelo, aún cuando se trate de dejar en evidencia la actuación de alguna de mis compañeras. Sabe que no le voy a echar por eso, pero también sabe que voy a intentar disculpar “el error”, y que voy a tratar de hacerle ver las cosas en su justa importancia. Suele escucharme y suele “obedecerme” porque me tiene por una persona buena. “Nadie es bueno” le digo. “Unos más que otros” me contesta. Nos reímos, y seguimos charlando de libros, de música, de alguna película. A veces se olvida de la tristeza y nos gasta bromas… Y a veces también, le veo tan desvalido, que me produce una ternura infinita. Tengo la certeza de que si todos nos pareciésemos un poco a él, el mundo sería un poco mejor.
JUAN CARLOS
Era pequeño de estatura. Muy moreno. Cojeaba visiblemente de una pierna a causa de problemas en la cadera. Había nacido en Portugal, pero su familia se había trasladado a España siendo él y sus hermanos muy pequeños, y se habían criado en la cuenca minera. Su rostro estaba lleno de profundas cicatrices y sus dientes eran grandes y desiguales. Podía producir rechazo su fealdad a no ser por la ingenuidad de su mirada. Es la persona más cariñosa que yo he conocido jamás. Aún ahora me produce una pena terrible saber que ya no está con nosotros, que se murió un día y nos dejó a todos traspuestos, preguntándonos si era posible que se pudiese morir alguien así.
Su problema de consumo venía referido a la heroína y al alcohol, pero yo jamás le vi colocado. Su comportamiento en el Centro era ejemplar, y quería a todas las educadoras con una sinceridad abrumadora.
Pasó temporadas largas con nosotras por una u otra causa: algunas desintoxicaciones, operación de la cadera, convalecencia, apoyo para buscar trabajo…, y era considerado uno más “de la familia”.
Algunos de sus hermanos y hermanas seguían residiendo en la cuenca minera, y él tenía relación con ellos, aunque no querían involucrarse demasiado en su vida. Juan Carlos respetaba y entendía esa decisión, pero de vez en cuando se dejaba caer por allí y les hacía una visita. Había algo de complicidad entre los miembros de la familia que se manifestaba en un “estar ahí” en los momentos graves y al mismo tiempo un no querer saber más de lo razonable en el resto del tiempo.
Un día le pregunté el por qué de las cicatrices de la cara y la lesión de la cadera, creyendo que había sido producto de algún accidente laboral, o de coche. Su reacción me cogió desprevenida. Se puso a llorar como un niño. Le dije que no se preocupara, que no me lo contase si no quería, que no pasaba nada, que era preguntar por preguntar… No sabía qué decirle.
Pero me lo contó. Y lloró, lloró y lloró. Sentía vergüenza al contármelo, y un dolor tremendo, como si acabara de pasarle hacía unos instantes. “No quiero que lo sepa nadie Charo, bueno, sólo Carmen y tú ¿vale?”. “Vale”.
La historia venía referida a su niñez. Muchos hermanos, y dos de ellos “diferentes”: él y otro más pequeño llamado Javier. Juan Carlos se sabía un poco “retrasado”, y Javier tenía una patología psíquica. Ambos fueron objeto de malos tratos por parte de su padre, que cuando llegaba bebido a casa arremetía contra todos los miembros de la familia, incluida la madre y el resto de los hermanos, pero que se cegaba con ellos. Las cicatrices, la lesión de la cadera eran producto de las palizas recibidas, más él que su hermano porque era él quien defendía y se enfrentaba al padre. Se le ponían los pelos de punta cuando se acordaba de los golpes. Me contó también que cuando sus padres se marchaban de casa, y para que ellos no pudieran escapar, los encerraba horas y horas en una carbonera, un hueco pequeño y sucio donde sólo podían estar agachados y encogidos. Y me contó también la angustia que sentía, el dolor no ya del castigo, sino de que se lo proporcionase su padre, a quien quería a pesar de todo. Y me habló del miedo, del no entender lo que estaba pasando, del llanto de su hermano, del horror al pensar qué pasaría si algo pasaba y sus padres no volvían y ellos se quedaban allí encerrados para siempre…
Alguien debió alertar a los servicios sociales de la situación, y tanto Javier como él, pasaron a residir en un internado de Consejería. Cuando llegaron a los 16 años se vieron en la calle y solos, sin posibilidad de volver a casa, y sin querer hacerlo. Ocultando su pasado, su niñez, como si ellos fuesen los responsables de lo que les había pasado y de lo que habían sufrido.
Juan Carlos no quedó bien de la primera operación de cadera y tuvo que ser operado una segunda. En esta ocasión fue en Gijón. Y allí, en el hospital de Cabueñes, tuvo el inicio el episodio que más feliz le hizo y también el más desgraciado. Conoció a la que durante un tiempo sería su pareja: una mujer mayor que él, separada y madre de un niño, que lo había pasado mal con su marido, y que se sintió querida como nadie por Juan Carlos. Estuvieron viviendo juntos una buena temporada y a él se le veía alegre, contento e ilusionado como nunca lo había estado. Había dejado de beber, había encontrado trabajo y parecía que la cadera estaba bastante mejor. Quería con locura a su compañera y al hijo de ésta como si fuera suyo. Cuando nos venía a visitar irradiaba felicidad por todos los poros y no hacía más que hablarnos de lo bien que se encontraba y de que no se creía que algo tan bueno pudiera pasarle a él.
Luego vinieron los problemas. Supongo que ella se “acostumbró” al amor que Juan Carlos le daba, y que lo que en un principio había sido algo extraordinario en su vida, paso a ser algo cotidiano y por tanto menos apreciable. Se cansó de él. Y acabó dejándolo.
Nos enteramos un día que apareció por el Centro llorando, hundido y queriendo morirse. Por mucho que le dijimos, por mucho que intentamos hacerle ver que la vida continuaba, que podía encontrar a otra persona, no hubo forma de liberarle de la angustia.
No volvió por el Centro. Supimos que andaba bebiendo más que nunca, tirado en la calle. Y aunque le enviábamos mensajes para que volviera a través de otros chicos, aunque le íbamos a buscar y le tratábamos de convencer, no volvimos a verle. Un día nos enteramos de que había muerto al caer de un piso en construcción. Se había suicidado.
BLANCA
Cuando la conocí, lo que más me llamó la atención en ella fue su pelo. Tenía una melena morena, graciosa y abundante, que la daba un atractivo muy especial. No es ninguna jovencita, tendrá ya sus treinta y muchos años, y una personalidad fuerte, llena de matices irónicos. Nunca se suele quejar de nada ni tiene una actitud doliente ante la vida.
Es del barrio. Jamás cuenta a nadie nada de su pasado. Los datos que de ella tenemos son de lo más escuetos. Los justos y precisos, ni uno más. Pero me enteré por otras fuentes que había sido objeto de abusos sexuales por parte de su padre cuando era una niña, y que dichos abusos se habían prolongado hasta su adolescencia.
Se dedicaba, como casi todas las chicas enganchadas a las drogas, a la prostitución. La ejercía como si nada, como si de parar a mirar un escaparate se tratase, y luego a otra cosa… Pero su principal problema venía del consumo del alcohol. El resto de las drogas eran utilizadas como complemento al “menú principal”.
Tuvo varias acogidas en el Centro hace unos años. Luego supimos que había ingresado en prisión y seguimos manteniendo contacto con ella a través de las visitas al Centro Penitenciario. Fue su mejor momento: no consumía, recuperó salud y buen aspecto, y al no haber presencia masculina en su vida parecía gozar de un humor sano y envidiable.
Una vez cumplida la sentencia en la cárcel, vino de nuevo con nosotras. Apareció con una nueva pareja, un chico que era viejo conocido en la casa, buen chaval, pero totalmente alcoholizado. Recuerdo que con él había que saltarse la norma de que nadie se movía de casa hasta haber desayunado y hecho la tarea, porque era necesario abrirle para que marchase a beber y detener así el tembleque tan acusado que tenía en las manos y la desesperación del rostro. Estuvieron juntos una buena temporada, hasta que él se murió con el hígado reventado.
Ella empeoró también. Su piel cambió de color y empezó a tomar los matices morados de los borrachos. Anduvo dando traspiés y al final apareció con un nuevo compañero. Un tío extrañísimo, que apenas hablaba, y que tenía una mirada “de loco” que metía miedo. Era ciertamente muy raro. Muy dominante y muy celoso. Blanca tenía continuas broncas con él, y a veces se venía quejando de que la pegaba. Solían llegar muy borrachos, muy pasados de vueltas, y más de una vez se quedaron fuera por no llegar a la hora. Nos cansamos de decirle a ella que lo dejase, que intentase cambiar un poco el rumbo de su vida, que se parase a pensar y se viese a sí misma. Debimos ser muy pesadas porque algo se consiguió, y ella empezó a ver la necesidad de desembarazarse de aquel individuo. Pero una cosa era ese darse cuenta de lo que tenía que hacer, y otra muy distinta conseguirlo.
Tuvo que ser un incidente espeluznante el que la hizo despertar del sueño: ninguno de los dos estaba acogido en el Centro, justo acababan de cumplir la estancia hacía pocos días. Y una mañana nos pica ella a la puerta toda ensangrentada, llorando, y muerta de miedo. La sangre le salía de alguna parte de la cabeza pero no sabíamos ver de dónde… hasta que pudo hablar y nos lo contó. Habían tenido una de sus frecuentes discusiones, y él, completamente fuera de sí, se había lanzado sobre ella, le había mordido una oreja, le había arrancado parte de ella y después se la había tragado.
Nos quedamos de piedra. Aquello nos parecía de mentira. Pero era verdad, y el hecho palpable era que a Blanca le faltaba casi todo el lóbulo de la oreja y que la tenía en carne viva a causa de la dentellada. Yo no sé si fueron los nervios o qué, pero no sabía si reír ante lo absurdo de la situación, o ponerme a llorar ante la salvajada. Sólo pude decir aquello que luego comentaron tanto el resto de los chicos medio divertidos medio impresionados…: “santo Dios, era lo único que nos faltaba por ver… antropófagos… verdaderos caníbales entre nosotros… a quien se le ocurre… desayunar oreja humana…”.
A Blanca tuvimos que sacarla de Oviedo y medio esconderla para que el caníbal en cuestión no supiese dónde buscarla. A ella le sirvió de terapia de choque la horrorosa experiencia. Su oreja cicatrizó; se le ha quedado reducida a la mínima expresión, eso sí. Y ahora se encuentra en un programa terapéutico recobrando el buen color y la sonrisa.
DIONISIOS
Hace un par de meses regresó a Grecia. Es joven, apenas 24 años que parecen menos por la cara de niño que tiene. Es muy alto, delgado, y ha conseguido hablar muy bien nuestro idioma, pese a que cuando llegó apenas lo hablaba y se pasaba el día con el diccionario en la mano, y preguntándonos por el significado de algunas palabras. Es tímido, reposado, habla poco y sonríe mucho. He llegado a quererle como a un hijo. Y me consta que él, por su parte, ha llegado a tener hacia mí esa mezcla de sentimientos que va desde “el enamoramiento adolescente de la profe” hasta el cariño de “la madre sustituta”. Creo que nos caímos bien enseguida. Y creo también, que ese rápido aprendizaje del idioma se debió a la tremenda necesidad que tenía de hablarme y de contarme cosas, de decirme lo que fuera con tal de que le dedicara tiempo.
Su historia con las drogas se remontaba a pocos años atrás. Se había enganchado cuando se tuvo que ir a la guerra de Croacia reclutado por las fuerzas de la OTAN. Le había pillado la historia cumpliendo el servicio militar. Y aunque eran labores de pacificación y ayuda lo que iban a prestar, lo que vio allí le marcó. Conoció el miedo, vio la guerra de cerca, supo a qué huelen los muertos, y vivió la incertidumbre de que uno de ellos podría ser cualquier día él. Me contó que la heroína circulaba alegremente entre los soldados, que se conseguía de forma fácil y que no era cara. Cuando le enviaron de nuevo a casa, llegó con los ojos llenos de imágenes desoladoras y con una dependencia a las drogas importante.
Su familia decidió su ingreso en una comunidad terapéutica cansados de sus continuas “hazañas” y de los constantes disgustos que les ocasionaba. Se decidió a realizar un programa de desintoxicación y tratamiento cuando no le quedó más remedio, porque era la cárcel o eso. Entró en contacto con Reto allí en Grecia, y se decidió que lo mejor era alejarle lo más posible del ambiente que le rodeaba. Le enviaron para uno de sus centros en España, y acabó aterrizando en Asturias.
En Reto estuvo apenas un mes, y luego decidió marchar cansado “del rollo religioso” que tenían, y porque, además, apenas se entendía con ellos a causa del idioma. Ni quería. Deambuló por los albergues durante unas semanas, y desde uno de ellos nos lo derivaron para acogida.
En un principio quería ponerse en contacto con su familia para volver a Grecia. Su madre no quería que marchase de aquí sin hacer un programa terapéutico, que era a lo que le habían enviado. No quería verse de nuevo con él allí, en la misma situación que antes de marchar.
Recuerdo que estuve hablando con él casi toda una tarde, con la sempiterna presencia del diccionario, para decirle que era él quien decidía, que en el Centro podía estar quincenas alternas si por lo que se decantaba era por el consumo, y que le asegurábamos la permanencia si lo que al fin decidía era el ingreso en programa. Le di unos días de margen para que lo pensase. Durante esos días se me acercaba con frecuencia a preguntarme que quería yo que él hiciese. Mi respuesta era siempre la misma. “No importa lo que yo quiero, sino lo que quieres tu. Tú eres quien debe decidir. Yo te voy a querer igual sea lo que sea lo que al final hagas”. Y él volvía a la carga… “¿pero no te gustaría más que hiciese un programa?”. Y yo a lo mío… “Me gustas de todas formas. Te voy a querer lo mismo. Decides tu”. Luego se quedaba callado. Me sonreía. Me cogía de la mano. Se pasaba el día detrás de mi como si de mi sombra se tratase. Y a la mínima oportunidad, cuando me veía sola en el despacho, se asomaba para preguntarme si le quería. “Claro que te quiero. Mucho”. Luego fue perdiendo la vergüenza y le preocupaba poco que al hacerme la pregunta estuviese alguien en el despacho. Le encantaba que, pese a la presencia de otros, mi respuesta no variase.
Se decidió por la comunidad terapéutica. Hizo grandes progresos con el castellano. Y nos encandiló a todos con su carácter suave, tranquilo y agradable. Siempre sonreía. Hasta el ingreso en Comunidad estuvo en el Centro cerca de dos meses. Cuando llegó el momento no quería irse. Bueno, es más correcto decir que sí quería irse, pero quería llevarnos a todas con él. Su mayor preocupación entonces era que no fuésemos a visitarlo, que nos olvidáramos de él.
Nos costó la despedida. Pero fuimos a verle, fui a visitarle al hospital cuando tuvo que operarse de una pierna que ya tenía operada por un accidente de coche, y de la que tuvo que operarse de nuevo a causa de una mala caída al resbalar en el suelo húmedo de la cocina de la comunidad.
Y consiguió acabar el programa. La rehabilitación decidieron que era mejor que la hiciese en Grecia, y los días que tuvo que esperar por el vuelo los pasó con nosotras de nuevo. Fue una alegría recuperarle de nuevo.
Se marchó con tristeza. Quería que me fuese con él. Que mis vacaciones las pasase siempre allí, en Grecia… Le costaba soltar amarras.
Me llamó nada más llegar a Salónica, para decirme que el viaje lo había hecho bien, que ya se encontraba en compañía de su padre, y que no nos iba a olvidar nunca. Se me quedó el alma con un sentimiento agridulce… Estaba contenta, pero los ojos los tenía húmedos.
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